
Con Juan somos compinches desde la década del 50, cuando publicó su primer libro y nos encontramos acá en Montevideo allá por 1955. Después de los años de la gran locura, nos volvimos a encontrar en distintos lugares.
Esta tremenda historia que hace que Juan diga que él no tiene otros tiempos que no sean los tiempos del dolor, más o menos la conocía. Esa es la razón por la que en algún momento, en alguna entrevista, sin abundar en más, se mencionaba en las más altas esferas que acá no había niños desaparecidos, pero la respuesta es que sí los había y que sólo faltaba el momento en que las cosas se pusiesen sobre el tapete.
La aspiración de Juan es muy cuidadosa y muy sencilla. Si bien él está plenamente identificado con todo lo que se reclama, y son banderas que nadie va a arriar jamás, en relación a este tema pide una cosa puntual para cumplir con el hijo, que lo mataron de un balazo, y con la nuera que está desaparecida: quiere saber del nacimiento del niño o niña del que es abuelo.
Juan busca por todas las vías posibles y lo hace con discreción. Lo que quiere, porque es un deber para él y para su hijo y su nuera, es saber que ese niño o niña existe, y toma una vía que muere indefectiblemente en un Presidente al que le llega un pedido pequeñísimo, pero enormemente dramático.
El Presidente actúa como actúa cada vez que se llega a él, con el estilo burocrático de encomendar seguramente al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas para que averigüe sobre el tema. Y siempre en el campo de las especulaciones, la respuesta será: 'No sabe, no contesta'.
Frente a una cosa así, lo único que queda es que quiera Dios que algún día al Presidente de la República uno de sus nietos le pregunte: abuelo ¿no fuiste capaz de dar una respuesta?