Resistencias
por Juan Gelman
Gelman
Artículo publicado en el diario Página/12, Buenos Aires, el 28 de setiembre de 2000

El 24 de abril de 1976 un grupo de pescadores encontró en el balneario La Esmeralda –Rocha, Uruguay– el cuerpo inanimado de un hombre. Había transcurrido exactamente un mes desde el golpe de Estado que asestaron los militares argentinos y los vuelos de la muerte ya estaban en función. El desconocido pertenecía a la raza blanca, pero los médicos forenses que examinaron sus restos decretaron que era asiático. Así dieron base a la versión de la dictadura cívico-militar uruguaya: se trataría de un coreano víctima de alguna pelea a bordo de un buque de esa bandera. La policía técnica de Montevideo cortó y se llevó las falanges de los dedos de ambas manos, obviamente “para que nadie pudiera tomarle las huellas digitales”, recuerda el periodista oriental Andrés Capelán.

No fue el único “coreano” que encalló en las playas de Rocha –se hallaron otros doce por entonces–, o en el limo del puerto de Montevideo, con los traumatismos múltiples y el estallido del cráneo característicos de quien es arrojado al vacío desde una gran altura, pero esos despojos corrieron un destino particular: Mario Bobadilla, encargado del cementerio de Castillos donde fueron depositados bajo la placa de un NN más, los ocultó prolijamente durante mucho tiempo en un lugar de la necrópolis sólo conocido por él. “Tenía un sentimiento especial por ese cuerpo”, reveló al diario uruguayo La República tras romper el silencio que guardó casi un cuarto de siglo. El “coreano” no fue a parar al osario común, como es de práctica con los restos NN a los cinco años de su entierro. Se transcribe a continuación un tramo de la entrevista que Bobadilla concedió a La República el domingo pasado:

“L.R.: –¿En qué año se hizo la reducción de esos restos?
M.B.: –En 1993. Estaba en un nicho municipal y luego de la reducción lo pasé al osario. Ahí empezaron otras investigaciones y cosas y ahí fue cuando yo lo escondí.
¿Por qué?
Por precaución. Era un poco celoso con ese cuerpo o más bien yo me sentía responsable de él.
Usted no lo consideró sólo un montón de huesos.
No, porque era un ser humano. Detrás de él podría estar una madre, un padre, un hijo o un hermano sufriendo y eso era lo que me llevaba a tener tanto celo con eso (...).
¿Cómo vivió personalmente esos años (de la dictadura)?
Yo qué sé, trataba de cumplir con mis funciones sin interesar quién fuera el gobernante. Ahora, yo no sé cómo explicar, me sentiría orgulloso de que se llegara a buen fin y que hoy o mañana (yo) llegara a conocer a los familiares.”

Cuando limpiaba el cementerio, Bobadilla solía recoger alguna flor caída para depositarla sobre “su” NN. El doctor Alejandro Incháurregui, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, narra historias similares registradas en nuestro país. El 11 de junio de 1976 de madrugada, el sereno de un camping de SMATA instalado en Cañuelas vio una hoguera en el descampado de enfrente. Se acercó: seis cuerpos de secuestrados-desaparecidos, asesinados de dos tiros en la cabeza, ardían rociados con nafta. Sólo dos cadáveres escaparon a la calcinación total y uno de ellos era el de una mujer cuyo embarazo había llegado a término. Su bebé nació al fallecer la madre y pasó de la vida a la muerte en un instante. El director del cementerio ordenó que lo enterraran en “el sector de los angelitos”, pero un sepulturero no le obedeció: acomodó los restos del recién nacido a la altura del vientre de su madre y juntos pasaron cinco años antes de confundirse en el osario común.

El 14 de octubre de 1976, de madrugada siempre, un grupo de genocidas lanzó a las aguas del Canal San Fernando ocho tambores de 200 litros. Estaban rellenos de cal viva y arena y contenían los cuerpos de otros tantos prisioneros de Automotores Orletti. Los enterraron como NN en el cementerio de San Fernando y sus despojos tampoco pasaron al osario común: los sepultureros, impresionados porque uno de los asesinados era una mujer embarazada a término con dos balazos en el abdomen, consideraron que “algún día van a venir a buscarlos”. Así ocurrió: 13 años después señalaron con precisión a los antropólogos forenses el sitio donde se encontraban esos restos. Entonces recuperé a mi hijo de esa segunda muerte que es la desaparición del cadáver.

No se trata de actos escatológicos, ni de necrofilia: objetivamente fueron gestos callados de resistencia a la dictadura militar. No conozco la ideología ni el credo político de esos trabajadores, pero sé que tales hechos hablan de la relación debida entre vivos y muertos, de una voluntad humana de reinstalar en la cultura, en la historia y en su historia a nuestros desaparecidos. Son rituales de civilización que vienen del fondo de los tiempos y que los genocidas argentinos, tan cristianos y occidentales ellos, se empeñaron –y aún se empeñan– en aplastar.